Cuando el símbolo sostiene el dolor: cómo la simbolización ayuda a elaborar el duelo

El duelo no es solo tristeza; es un proceso psíquico profundo que moviliza emociones, recuerdos, identidades y vínculos internos. Tanto en niños como en adultos, perder a alguien significativo supone un impacto que no siempre puede expresarse con palabras. Por eso la mente recurre, de manera natural, a la simbolización: una forma de comunicación interna que permite transformar la ausencia en una presencia distinta, más íntima, más elaborada y emocionalmente más tolerable.

Simbolizar no significa negar la pérdida. Es, justamente, lo contrario: es poder acercarse al dolor sin quedar atrapado en él. A través del símbolo —un dibujo, un objeto, un gesto, un juego, una imagen mental, una frase repetida— la persona puede bordear lo que duele y darle una forma que pueda sostener. El símbolo actúa como puente entre la realidad externa, que ya no puede cambiarse, y la realidad interna, donde el vínculo puede mantenerse vivo de una manera nueva.

Botella vacía sobre una mesa iluminada por la luz, simbolizando el vacío y la elaboración del duelo.

En niños, este proceso se observa de forma especialmente clara. Un niño puede jugar una y otra vez a esconder y encontrar, dibujar árboles sin hojas, repetir la escena de un personaje que se marcha o inventar historias de separaciones y reencuentros.

Estas producciones no son simples juegos ni casualidades: son intentos genuinos de poner en escena la pérdida, acercarla y alejarla, entenderla y transformarla.

En adultos, la simbolización suele presentarse de manera más elaborada, aunque sigue cumpliendo la misma función: recuperar internamente algo de lo perdido. Guardar un objeto, escribir una carta que no se enviará, visitar un lugar significativo, soñar repetidamente con la persona fallecida, encender una vela o escuchar una música determinada son formas de sostener un vínculo que se reconfigura. A través de estas acciones, la pérdida deja de ser solo ausencia y comienza a integrarse en la vida psíquica de una manera menos desorganizadora.

El proceso de duelo avanza cuando la persona puede reconocer el dolor y permitirse sentirlo. Solo desde ahí puede aparecer la capacidad simbólica. Cuando no hay espacio para el dolor —por miedo, por exceso de impacto emocional, por falta de sostén o por experiencias previas no elaboradas— la simbolización se empobrece. En esos casos, los símbolos pueden volverse confusionales: el niño o el adulto puede aferrarse a un objeto como si fuera la persona perdida, negar la realidad o quedar atrapado en escenas repetitivas que no evolucionan. No es un fracaso; es un indicador de cuánto sufrimiento se está intentando manejar y de lo necesaria que es la presencia de otro que acompañe.

En psicoterapia, la simbolización es una herramienta clínica fundamental para trabajar el duelo. A través del juego, el dibujo, la palabra, los silencios o los pequeños actos repetidos, el terapeuta puede ir comprendiendo cómo el niño o el adulto lidia con la ausencia y qué emerge en su mundo interno. La tarea no consiste en interpretar rápidamente lo que aparece, sino en sostenerlo, escucharlo y darle un lugar. El objetivo no es “pasar página”, sino pensar la pérdida hasta que pueda integrarse sin inundar.

En el acompañamiento familiar, también es importante respetar el ritmo de cada persona. No todos necesitan hablar enseguida; no todos quieren deshacerse de los objetos; no todos pueden llorar. Algunas expresiones serán directas, otras aparecerán en forma de recuerdos, gestos, dibujos o juegos. Lo esencial es ofrecer un espacio donde el dolor pueda existir sin urgencias y sin presión. Poder decirle —explícita o implícitamente— “puedes sentir lo que estás sintiendo; estoy aquí” facilita que la simbolización pueda desplegarse de forma natural.

El duelo culmina, en parte, cuando la persona consigue transformar la ausencia externa en una presencia interna. No es olvidar. No es dejar atrás. Es incorporar. Es darle forma simbólica a un vínculo que continúa vivo en el mundo interno y que acompaña, de otra manera, el resto de la vida emocional. Cuando ese movimiento ocurre, el dolor deja de paralizar; se vuelve parte de la historia, no de la herida abierta. Y a partir de ahí, se puede volver a mirar hacia adelante.

Acompañar un duelo —propio o ajeno— es acompañar un proceso de simbolización. Es aprender a escuchar lo que no siempre se dice con palabras y confiar en que la mente humana, cuando está acompañada, encuentra caminos para transformar el dolor en pensamiento, presencia y memoria viva. Y eso, tanto en niños como en adultos, es una forma profunda de seguir vinculados y de seguir creciendo.

Cati Pons · Psicóloga clínica y psicoterapeuta
Menorca y Barcelona