Cuando comer calma algo que no es hambre
En la bulimia, lo más visible es la conducta: comer en exceso, a veces vomitar, repetir. Pero si nos quedamos ahí, nos perdemos lo esencial. Porque en la mayoría de los casos no se trata solo de comida.
Muchas personas que lo sufren explican algo parecido: no tienen hambre en el sentido físico. Lo que aparece es una urgencia difícil de explicar, una tensión interna, una sensación de vacío o de malestar que cuesta poner en palabras. Comer alivia, pero solo por un momento. Después aparece la culpa, y el ciclo vuelve a empezar.
Para entender esto hay que ir un poco más atrás, a una experiencia muy primaria.
Al inicio de la vida, alimentarse no es solo nutrirse. Es también una experiencia relacional.
El bebé no solo recibe leche, recibe una presencia que calma, regula, sostiene. En ese momento, comer y sentirse cuidado forman parte de la misma experiencia.
Cuando esto funciona suficientemente bien, queda una huella. No solo de saciedad física, sino de confianza. La experiencia de que algo de fuera puede aliviar lo que ocurre dentro. A partir de ahí, la mente empieza a poder tolerar la espera, la frustración, incluso la ausencia.
Pero no siempre ocurre así.
A veces hay desajustes. No necesariamente graves ni evidentes, pero sí suficientes como para que esa experiencia no termine de consolidarse. Momentos de separación difíciles de elaborar, respuestas poco ajustadas, o simplemente una dificultad en la relación para dar sentido a lo que el niño siente.
En esos casos, el alimento puede empezar a ocupar otro lugar.
No solo calma el hambre, también calma algo emocional. Se convierte en una especie de recurso para aliviar la tensión, para llenar un vacío, para no sentir determinadas emociones. Y esto, que puede aparecer de forma puntual en la infancia, puede fijarse como forma de funcionamiento.
Ahí es donde la conducta alimentaria empieza a desplazarse.
Comer deja de estar al servicio de una necesidad fisiológica y pasa a estar al servicio de la regulación emocional. El problema es que el alivio que produce es inmediato pero no duradero. No resuelve lo que lo origina. Por eso necesita repetirse.
Desde fuera puede parecer una falta de control. Desde dentro, muchas veces, es lo contrario: un intento de control de algo que desborda.
La bulimia tiene algo de esto. De intento de resolver por la vía corporal algo que no ha podido ser pensado.
En términos más clínicos, podríamos hablar de una dificultad en la simbolización. No es que la persona no sienta, sino que le cuesta transformar lo que siente en algo que pueda representarse, pensarse o compartirse. Entonces lo actúa.
Comer sería, en ese sentido, una forma de hacer algo con el malestar cuando no hay otra vía disponible.
Aquí la teoría del apego ayuda a entender mejor lo que ocurre.
Si las primeras experiencias no han permitido construir una base suficientemente segura, la regulación emocional queda más frágil. La persona puede depender más de elementos externos para calmarse. A veces son las relaciones, otras veces el cuerpo, otras el alimento.
No es casual que muchas personas con bulimia describan una gran dificultad para estar solas, o para sostener ciertos estados internos sin hacer algo que los modifique rápidamente.
Tampoco es casual la intensidad de la culpa posterior. Porque, en el fondo, hay una conciencia de que eso no resuelve nada. Pero al mismo tiempo, en ese momento, no hay otra alternativa disponible.
Esto es importante tenerlo en cuenta también en el tratamiento.
Si se aborda solo la conducta, se corre el riesgo de dejar intacto el problema. La restricción, el control o la disciplina pueden funcionar un tiempo, pero si no se trabaja lo que hay detrás, la conducta tiende a desplazarse o reaparecer.
El trabajo pasa más por entender qué función cumple esa conducta en esa persona concreta. Qué está intentando resolver. Qué no puede sostener de otra manera.
Y, poco a poco, ir abriendo la posibilidad de que ese malestar pueda ser pensado en lugar de actuado.
No es un proceso rápido. Porque implica construir algo que, en muchos casos, no se pudo construir en su momento: una forma de estar con uno mismo sin necesidad de recurrir constantemente a algo externo que calme.
En ese sentido, la relación terapéutica tiene un papel importante. No como sustituto, pero sí como espacio donde esa experiencia pueda empezar a darse de otra manera.
Cuando esto ocurre, la conducta alimentaria deja de ser necesaria en la misma medida. No porque desaparezca de golpe, sino porque pierde parte de su función.
Y ahí es donde empieza realmente el cambio.
Menorca y Barcelona
