El miedo a equivocarse en los músicos

Muchos músicos explican que no disfrutan igual tocando solos que acompañados por otros. En clase pueden sentirse relativamente seguros, incluso cómodos, pero la situación cambia cuando aparece un público, una audición o una interpretación importante. Entonces surgen los nervios, la sensación de vigilancia y el miedo a equivocarse.

Ese miedo no depende únicamente de la dificultad técnica de la obra. A menudo tiene más relación con la vivencia interna de la exposición. El músico no sólo interpreta una partitura: también se expone a la mirada de los demás. Y en muchas ocasiones siente que un fallo no afecta únicamente a la ejecución musical, sino al valor que tiene como intérprete o incluso como persona.

Por eso algunos músicos viven los errores con una intensidad desproporcionada. Un pequeño lapsus puede desencadenar pensamientos de fracaso, vergüenza o culpa que permanecen mucho tiempo después de la actuación. Hay intérpretes que, tras un concierto objetivamente bueno, sólo recuerdan el compás donde dudaron, la nota que no salió como esperaban o el instante en que sintieron perder el control.

Micrófono en primer plano frente a un auditorio vacío y desenfocado relacionado con el miedo escénico en músicos.

En el ámbito musical, además, la exigencia suele aparecer muy pronto. 

Muchos estudiantes pasan años sometidos a evaluaciones constantes, comparaciones y audiciones donde la sensación de estar siendo observados ocupa un lugar central.  

 

Poco a poco, la música puede dejar de vivirse como un espacio de descubrimiento o disfrute para convertirse en un terreno donde uno siente que tiene que demostrar continuamente su capacidad.

Algunos músicos describen que, antes de salir al escenario, aparecen pensamientos repetitivos: miedo a quedarse en blanco, a decepcionar, a que los demás noten el nerviosismo o a no estar a la altura de las expectativas. El cuerpo también participa de esa tensión. Las manos tiemblan, la respiración cambia, aumenta el ritmo cardíaco y cuesta mantener la concentración. En esos momentos, muchos intérpretes sienten que el propio cuerpo deja de responder con naturalidad.

Paradójicamente, cuanto mayor es el intento de control, más rigidez aparece. Algunos músicos acaban desarrollando una relación muy severa consigo mismos, basada en la autoexigencia y en la idea de que equivocarse no es tolerable. El error deja de formar parte del aprendizaje o de la experiencia artística y pasa a vivirse como una amenaza personal.

En algunos intérpretes, esta tensión no aparece únicamente en los nervios o en la ejecución técnica. También puede observarse en la manera de estar en escena. La preocupación por no equivocarse hace que, a veces, toda la atención quede centrada en controlar el error, mientras la espontaneidad, la corporalidad o la expresividad pasan a un segundo plano. El escenario deja entonces de vivirse como un espacio de comunicación y empieza a sentirse como un lugar donde uno debe demostrar constantemente su capacidad.

Detrás de este funcionamiento suele existir también una dificultad para sostener la imperfección. La música clásica, especialmente, puede favorecer ideales muy elevados de precisión y dominio técnico. Aunque esos ideales ayudan a crecer musicalmente, también pueden generar la sensación de que nunca es suficiente. El músico queda atrapado entre el deseo de expresarse y el miedo constante a fallar.

Sin embargo, la experiencia musical no depende únicamente de la perfección técnica. Muchas veces, lo que más conmueve al público no es la ausencia absoluta de errores, sino la autenticidad, la presencia emocional y la capacidad de transmitir algo vivo. Hay interpretaciones técnicamente impecables que resultan frías, y otras donde ciertas imperfecciones no impiden que exista una conexión profunda con quien escucha.

Aprender a tolerar el error no significa conformarse ni dejar de trabajar. Significa poder interpretar sin vivir cada fallo como una catástrofe interna. Significa recuperar la posibilidad de disfrutar de la música sin quedar completamente sometido al miedo, al juicio o a la necesidad constante de demostrar valor delante de los demás.

Muchos músicos descubren, con el tiempo, que el verdadero cambio no consiste en eliminar totalmente los nervios, sino en modificar la relación que mantienen con ellos. Cuando el escenario deja de ser vivido exclusivamente como un examen, la interpretación puede transformarse nuevamente en un espacio de expresión, comunicación y encuentro con la música.

Cati Pons · Psicóloga clínica y psicoterapeuta
Menorca y Barcelona