La procrastinación en los artistas: cuando crear también genera miedo

Hay artistas que viven con la sensación de tener ideas y capacidades que nunca llegan a desarrollar del todo. Piensan constantemente en aquello que quieren hacer, imaginan obras, conciertos, textos o composiciones, pero cuando intentan ponerse realmente con ello, aparece una dificultad difícil de explicar. El tiempo pasa, el trabajo se aplaza y poco a poco surge una sensación de bloqueo, culpa o agotamiento mental.

Desde fuera, esta situación puede interpretarse como desorganización, falta de disciplina, o incluso pereza. Sin embargo, en muchos casos la procrastinación artística es más compleja. No siempre tiene que ver con no querer trabajar, sino con el impacto emocional que el propio acto de crear produce en la persona. Los confronta con una tensión emocional difícil de sostener.

Partituras musicales y varios libros apilados sobre una mesa de trabajo con luz tenue

Crear implica exponerse. Una obra artística rara vez se vive como una tarea neutra. Para muchos artistas, aquello que producen queda profundamente ligado a su identidad, a su sensibilidad y a la imagen que tienen de sí mismos.

Por eso, cuando aparece la posibilidad de equivocarse, decepcionar o no estar a la altura, la tarea creativa puede convertirse también en una fuente importante de ansiedad.

Es frecuente escuchar algo parecido en consulta: personas que pasan horas pensando en lo que deberían hacer, imaginando resultados o preparando mentalmente proyectos, pero que luego sienten una dificultad enorme para empezar.Otras veces empiezan varias cosas al mismo tiempo y dejan todas a medias. Hay períodos de mucha actividad y otros donde aparece una especie de parálisis interna difícil de entender incluso para ellos mismos.

En algunos casos, el bloqueo no aparece al inicio, sino cuando el trabajo empieza a tomar forma. Mientras la obra permanece en la imaginación, todavía puede sentirse perfecta. Pero cuando empieza a concretarse aparecen los límites reales, las dudas y la posibilidad de que el resultado no coincida con aquello que se había idealizado. A veces, aplazar protege precisamente de ese encuentro con la imperfección.

También es frecuente encontrar artistas que solo consiguen trabajar cuando sienten mucha presión externa. Necesitan una fecha límite, una entrega o una convocatoria para ponerse en marcha. Durante días pueden sentirse incapaces de concentrarse y, sin embargo, cuando el tiempo se acaba, aparece de golpe una intensa capacidad de trabajo. La urgencia reduce momentáneamente la duda, pero no siempre resuelve el conflicto de fondo.

Detrás de este funcionamiento suele existir una relación interna muy exigente con el propio rendimiento. Hay artistas que sienten que siempre deberían estar creando, avanzando o produciendo algo importante. Descansar les genera culpa. Dudar les hace sentir que están perdiendo el tiempo. Y cuando no consiguen responder a esas expectativas internas, aparece una sensación persistente de insuficiencia.

A veces la procrastinación también cumple una función defensiva más silenciosa. Mientras una obra no se termina, todavía puede imaginarse como valiosa. Mientras no se muestra, no puede ser juzgada del todo. Mientras no se concreta, el artista conserva la fantasía de lo que podría llegar a hacer. Terminar una obra implica aceptar límites, asumir renuncias y tolerar que la realidad nunca coincida completamente con el ideal imaginado.

Para algunos artistas, crear acaba sintiéndose como estar continuamente examinándose a uno mismo. No solo se expone la obra. Se exponen ellos. Por eso ciertas críticas, silencios o comparaciones adquieren un impacto desproporcionado.

En algunos casos aparece además una gran distancia entre la imagen que el artista muestra y lo que realmente siente. A veces incluso personas muy admiradas viven con una inseguridad enorme que casi nadie ve. Desde fuera parecen seguras, productivas o talentosas. Internamente, en cambio, predomina la sensación de no llegar nunca a estar a la altura. El esfuerzo por sostener esa imagen termina consumiendo gran parte de la energía psíquica disponible para crear.

No todos los bloqueos artísticos funcionan igual. A veces predomina el miedo al fracaso. Otras veces aparece también miedo al éxito, al reconocimiento, a las expectativas o a comprobar los propios límites reales. Hay artistas que temen decepcionar a los demás, pero también artistas que temen comprobar sus propios límites reales y descubrir que aquello que imaginaban no puede realizarse exactamente como esperaban. Terminar una obra implica aceptar límites, asumir renuncias y tolerar que la realidad nunca coincida del todo con el ideal imaginado.

Salir de este funcionamiento no significa producir constantemente ni eliminar toda duda. Significa construir una relación menos persecutoria con el propio trabajo. Poder crear sin sentir que cada obra define completamente el propio valor personal. Poder aceptar que ninguna creación será perfecta y que, aun así, puede tener sentido, belleza o verdad para quien la realiza y para quien la recibe.

En algunos artistas esta situación se intensifica por el clima actual de comparación constante.Las redes sociales han intensificado mucho esta presión. Muchos artistas sienten que no basta con crear: también tienen que mostrarse constantemente, destacar, mantenerse visibles y demostrar que siguen siendo relevantes. La creatividad deja entonces de vivirse como un espacio de exploración personal y pasa a quedar demasiado ligada al reconocimiento externo.

Por eso la procrastinación artística no siempre desaparece aprendiendo técnicas de organización o aumentando la disciplina. En muchos casos requiere comprender qué emociones aparecen alrededor del hecho de crear. Porque el problema no es únicamente gestionar el tiempo, sino poder tolerar la exposición, la incertidumbre y la imperfección que implica también crear.

En algunos artistas, aplazar acaba funcionando casi como una manera de protegerse frente a emociones difíciles de sostener: ansiedad, vergüenza, frustración, miedo al juicio o sensación de insuficiencia. Sin que la persona lo perciba del todo, aplazar puede convertirse en una manera de evitar ese malestar.

Salir de este funcionamiento no significa producir constantemente ni eliminar toda duda. Significa construir una relación menos persecutoria con el propio trabajo. Poder crear sin sentir que cada obra define completamente el propio valor personal. Poder aceptar que ninguna creación será perfecta y que, aun así, puede tener sentido, belleza o verdad para quien la realiza y para quien la recibe.

Cati Pons · Psicóloga clínica y psicoterapeuta
Menorca y Barcelona