Creatividad: la forma adulta del juego

La creatividad podría considerarse la versión adulta del juego. Del mismo modo que el niño juega para explorar, simbolizar y comprender su mundo, el adulto crea —ya sea con palabras, imágenes, ideas o gestos— para mantener vivo ese espacio interno donde imaginación y realidad pueden dialogar. En este sentido, la creatividad no es un lujo ni una capacidad reservada a artistas o intelectuales, sino una necesidad psíquica esencial que permite sostener la vitalidad mental y emocional a lo largo de la vida.

Mujer caminando por un jardín simbolizando el camino hacia la creatividad y el crecimiento personal.

Desde la psicología sabemos que el juego en la infancia no solo entretiene, sino que cumple una función estructurante: ayuda al niño a integrar emociones, elaborar frustraciones y construir significados. Cuando este proceso continúa en la vida adulta a través de la creación, se convierte en una forma de pensamiento simbólico maduro, que posibilita transformar el malestar en algo representable y, por tanto, manejable. Crear es una manera de pensar y de sentir al mismo tiempo.

La creatividad requiere libertad interna, pero también cierta disciplina.

 Igual que en el juego infantil, donde la repetición de escenas ayuda a dominar la ansiedad o el miedo, el adulto necesita un marco —una rutina, un método, un tiempo delimitado— dentro del cual su imaginación pueda desplegarse sin desbordarse. Por eso, la capacidad de crear surge en ese delicado equilibrio entre el orden y la espontaneidad, entre el control y la entrega.

En la consulta psicológica, es habitual encontrar personas que han perdido contacto con esa parte lúdica de sí mismas. Viven atrapadas en la obligación, el rendimiento o el perfeccionismo, lo que las priva de la capacidad de imaginar soluciones nuevas o alternativas vitales. En estos casos, el trabajo terapéutico consiste, en buena medida, en ayudar a reabrir el espacio creativo interno, reconectar con la curiosidad y el deseo de experimentar, incluso a riesgo de equivocarse.

La creatividad es, pues, una función reparadora. Permite poner en palabras, imágenes o acciones aquello que no puede ser pensado directamente. Así, lo que en la infancia era el juego libre, en la adultez se transforma en una capacidad simbólica que da forma a lo que de otro modo permanecería mudo. De ahí que toda producción creativa, por sencilla que sea, sea también un acto de libertad interior: una manera de reconciliar lo vivido con lo sentido.

El desafío contemporáneo radica en preservar esta facultad en una sociedad que tiende a medirlo todo en términos de productividad. Mantener viva la creatividad implica resistirse a la lógica del rendimiento y recuperar la posibilidad de jugar, de equivocarse, de no saber. Porque solo quien se permite no saber puede descubrir algo nuevo.

En definitiva, el juego nos prepara para la vida y la creatividad nos permite seguir viviéndola con sentido. Ambas son expresiones de la misma energía vital que impulsa al ser humano a transformarse, a superar la repetición y a convertir la experiencia en conocimiento.

Cati Pons · Psicóloga clínica y psicoterapeuta
Menorca y Barcelona